El Bosque, de Jesús Callealta, puede parecer en un primer acercamiento una novela vinculada a un territorio concreto en Cádiz. Sin embargo, sería un error adentrarse en su espacio narrativo solo en términos geográficos. El bosque al que alude el título pertenece a una tradición mucho más antigua: el mito del lugar apartado de la comunidad donde el individuo se enfrenta, voluntaria o involuntariamente, contra todo aquello que la vida ordinaria mantiene oculto.
Desde los cuentos populares hasta la literatura moderna, el bosque ha constituido un espacio de tránsito. Quien entra en él no se encuentra exactamente en el mismo mundo del que procede, aunque aparentemente continúe caminando por un paisaje todavía coherente. Es el territorio de la pérdida de referencias, pero también del descubrimiento; de aquello que se teme y, al mismo tiempo, de aquello que resulta necesario encontrar.
En la novela de Jesús Callealta, esta tradición adquiere una dimensión íntima. El desplazamiento del protagonista por la geografía de la Sierra de Cádiz es también un desplazamiento por su propia memoria. Los lugares no funcionan como simples escenarios: conservan una suerte de sedimentación temporal. Cada encuentro modifica el significado de lo anterior y convierte el recorrido en una lectura progresiva del pasado que se va desvelando junto al presente.
Hay, por tanto, algo deliberadamente clásico en la arquitectura más profunda de El Bosque. Su protagonista emprende un viaje exterior que termina convirtiéndose en un viaje de conocimiento, leitmotiv por excelencia. Pero el autor evita resolverlo mediante una moraleja. El conocimiento aquí no equivale necesariamente a una sola respuesta: a veces consiste en aceptar que aquello que creíamos recordar no fue exactamente como lo recordábamos.
Esta cuestión sitúa la novela en una tradición literaria particularmente fértil: la de las obras en las que el espacio termina siendo una forma de conciencia. Puede pensarse en Comala, Macondo o la Provenza de Pagnol; lugares que adquieren una densidad que excede su condición física y que terminan participando de la psicología de sus habitantes. El Bosque cumple aquí una función similar, aunque sin duda en una escala deliberadamente más íntima.
También resulta significativa la elección de un título tan desnudo como El Bosque. No estamos ante El secreto del bosque, La casa del bosque o El bosque de X. El artículo determinado importa: no es un bosque cualquiera, sino aquel que la novela irá construyendo en la conciencia de cada lector.
Y quizá ahí se encuentre la verdadera apuesta de Jesús Callealta. El misterio de El Bosque no depende exclusivamente de aquello que sucede dentro de sus páginas, sino de la progresiva transformación de nuestra mirada sobre lo sucedido. El lector avanza creyendo reconocer un paisaje y termina descubriendo que, en realidad, solamente estaba aprendiendo a interpretarlo.
Por eso, la novela admite una lectura que supere sus acontecimientos: puede entenderse como una meditación narrativa sobre el regreso, sobre la fragilidad de la memoria y sobre la imposibilidad de regresar intactos a los lugares que una vez nos pertenecieron, incluso de resultar indemnes de ellos.
El bosque, en esencia, no sería aquello que el protagonista encuentra al final de su camino. Forma parte del camino mismo: se trata del espacio intermedio, el umbral visible entre quienes fuimos y quienes todavía podemos llegar a ser.
Jesús Callealta ha escrito así una novela en la cual el paisaje, la conciencia, el tiempo, la razón y la memoria terminan formando una única materia narrativa.

